Adiós mi España querida…

En mis frecuentes viajes por España en automóvil o en tren, me angustia el observar la rápida transformación que están sufriendo nuestros paisajes.

Hace unos días recorriendo la costa de Tarragona, por la N340 a la altura de Vinaroz me preguntaba si todavía podría existir paisaje, más triste, mas vejado, más desolado que el que me “acompañaba”. Kilómetros de naves industriales: con pintadas, sin pintadas, alquiladas, por alquilar, por vender, abandonadas; vallas publicitarias oxidadas, cables descolgados, plásticos acumulados en arroyos vacíos, árboles resecos, casitas de huerta en ruina con una hermosa palmera, testimonio de un pasado no lejano. En resumen, un paisaje apocalíptico.

Esta es la huella del engaño, del falso progreso, es la huella de la ambición, de la falta de rigor de nuestros políticos que permiten e ignoran el incumplimiento de tantas leyes que protegen nuestros paisajes y que ellos mismos han osado firmar.

Así, día a día, allí donde hubo identidad, tradición, nobleza se va transformando en desolación, cutrez y asfalto. Día a día las raíces de nuestros pueblos van desapareciendo. Es la huella de la globalización.

Alguien dijo que para valorar el paisaje es necesario un buen nivel de cultura. Por desgracia este no es nuestro caso.

Carta publicada en El País. Podéis leerla en su versión online haciendo clic aquí.